jueves, 7 de febrero de 2013

Colegio, sólo se vive una vez.


Muchos le llaman reclusorio, otros pasan los mejores momentos de su vida ahí, algunos dicen que les robaron los mejores 13 años de su vida como lo afirmaría The Sex Pistols en su canción Schools are prisions. Pero todos sabemos que tuvimos que haber pasado por un colegio, y que las experiencias allí vividas van más allá de simples clases o de infatigables horas de juego.
Mi vida escolar empieza oficialmente en el Jardín Infantil Garavaticos. Esta institución era algo sencilla recuerdo que sus instalaciones estaban en el salón comunal de un conjunto residencial, ubicado en el barrio el Tunal; el ambiente era cálido celebrábamos cosas como Halloween, el día de los niños, y cuanta cosa apareciera en aquel ridículo calendario gregoriano de Piolín. Mi madre y mi tía, la cual tenía 3 hijos pequeños, dos niñas y un niño fueron mis compañeros de pre kínder. En sus muchas historias contadas, existe el registro de mi rebeldía. Yo y mi primo, pasábamos a la hora del lunch como quien dice a supervisar si los demás niños de mi clase ya se habían comido sus meriendas, pero no lo hacíamos solo por mirar, lo hacíamos para quitarles lo que no se comían. –Es imposible tenerlos juntos- dijo mi profesora, mi mama al escuchar este llamado tuvo que separarme de mis primos ya que veían algo de  Daniel el travieso en mi, nadie se atrevía a cuidarme cuando a mi mama tenía que trabajar, así que recurría a mi tía para que cuidara de su pequeño, las recomendaciones claves para que me cuidaran eran: “no lo deje solito”, “no le quite la vista de encima” y “por favor que haga las tareas”. Dicen las malas lenguas que detrás de un rostro con mirada tan azul como el cielo, y con rizos tan brillantes como el oro, se escondía una bestia prepara para romper porcelanas, rasguñar los rostros de mis primas, pisarles los delicados dedos de sus manos con la excusa: “no sabía que le dolía”. Como todo niño fui creciendo hasta tener la edad adecuada para poder entrar a grado pre escolar, allí conocí el olor del cigarrillo, mi profesora Patricia que con voz como rugidos de dragón lideraba uno de los grupos del Colegio Inem Santiago Pérez nos hablaba acerca de cómo hacer las vocales y lo importante que era que aprendiéramos el himno de Bogotá, Colombia y el del colegio, recuerdo mucho que yo era su consentido ponía esperanzas en mi y sabia que no era un completo inútil al menos servía de mal ejemplo. Ella en el recreo fumaba Mustang, acompañada de su homóloga Pilar, me gustaba abrazarla cuando hacia esto su ropa quedaba totalmente impregnada de ese humo denso que salía de su boca. Inagotables horas fueron las que pase en la arenera de ese colegio, con nauseas recuerdo las giros que daba en la llamada rueda del colegio. Era sagrada para nosotros tomar la siesta acostados en un tapete de letras acolchado, duerme decían para nosotros eso era competencia de quien duraba más tiempo con los ojos cerrados recuerdo aquel amigo de cabello negro del cual nunca  aprendí su nombre pero que siempre estuvo ahí en mis vivencias.
Yo tenía privilegios, podía acceder al cuarto de los materiales un lugar que algunos consideraban la entrada a Narnia, o donde la profesora guardaba tesoros como dulces, galletas y nuestros apreciados colores marcados con nuestros nombres, también tenía el privilegio de hacer lo que quisiera pues ya había manipulado con sonrisitas a Patricia, la de piel morena, la de copete rojo, la que comía caramelos mientras calificaba el arte que hacíamos.
 Pasaba el tiempo y yo ya estaba listo para entrar a primaria otro ciclo mas por emprender, pero yo no lo asumí también como otro niño normal lo haría. El grado primero lo hice en el Colegio Marco Fidel Suarez, ese fue el peor año escolar de mi vida, me volví tan caprichoso e insoportable que mis papas pensaban que habían hecho mal, ese no fue mi año académico, y mi actitud no era la mejor, recuerdo con una sonrisa caprichosa como tiraba los cuadernos de primer grado a un gran charco que se formaba cuando llovía como si se hubiese desbordado el cielo, como opción mis papas me cambiaron de colegio y volví al Inem  aquí una trol daba la clase su nombre Teresa, cabello rojo, no muy alta, licenciada de español; esta señora me hizo entrar en cordura a su manera con regaños y  planas, lo peor que tuve que vivir con esta señora fueron dos años seguidos de educación con ella 2  y 3. El uniforme de este colegio era un saco azul petróleo, camisa tipo polo y un jean, obviamente no podían faltar los pavis, mi salón era cómodo pintado de verde por fuera y adentro tenía un metro para tomar nota de nuestro crecimiento, un tablero perfectamente blanco, un armario de aluminio que guardaba los útiles que se supone íbamos a usar, recuerdo que aprendía a levantar el bizcocho del baño porque Teresa se cercioraba de que nosotros los hombre dejáramos limpio –no ve que hay se sientan las niñas-gritaba la profesora. No sé porque pero a través de tantos gritos, regaños, momentos de ira y la visita de Andrés (el que viene cada vez) a mi profesora, formaron en mi un niño hecho para la lectura y las buenas notas me había convertido en un verdadero buen ejemplo esta vez, en las izadas de bandera siempre me llamaban para recibir el retazo de tela tricolor. Una experiencia que nunca olvidare de mi paso por la primaria, fue el gran error que cometí al participar del intercolegiado de fútbol que juego junto con Andrés un hábil con el balón, buen amigo,  y compañero de grandes copias; Forero, el pinta, el alto, el inteligente, el maduro y sobre todo habilidoso con el balón, yo jugaba en la posición del portero. No me gusta el fútbol pues la goleada que sufrimos ese día fue tan significativa en el marcador como en mi conciencia.  Grado quinto fue el mejor momento académico de mi vida pues durante todos los periodos ocupe el primer puesto en el cuadro de honor, mis amigos eran buenos estudiantes pero yo tenía esa malicia para poder llegar a las mentes de mis profesores y lucirme, además mi interés por cosas que a otros niños no les interesaba como los animales, el calentamiento global y la televisión  hacia que yo tuviera una ventaja sobre ellos. Mi profesora Pilar, la separada, la de la hija bonita que llevaba a las clases, era excelente persona y profesora, muy pocas como ellas se entregaban a los estudiantes de la manera como ella lo hacia.
No me gusta hablar de mis experiencias de grado sexto y séptimo, la verdad fue una época que considero importante pero que no súper valorar en su momento, forje amistades trascendentales a las que tuve que decir adiós la verdad estaba muy acostumbrado a ellos sus gestos, nuestros duelos de Yu Gi Oh eran sagrados cada descanso rara vez ganaba pero como amaba compartir tiempo con Danilo, el músico que con su voz toco más de un corazón, Santiago, mi mejor amigo el que me escuchaba y me entendía a como diera lugar el me consideraba su hermano juntos afrontamos la muerte de su abuela y las peleas constantes son su madre. Digo que no los valore porque solo iba por lo superficial y no por lo que ellos eran realmente. Pero la vida da vueltas como desorbitada, al llegar al Liceo Santa Verónica, conocí al dúo inigualable, Elizabeth y Santiago, este colegio es muy azul en su uniforme y muy gris en su educación. Aprendí, si, lo necesario tal vez, mis recuerdos se pueden resumir en tres etapas. La primera la acogida en la que conocía a mis amigos inseparables y eternos los quiero y los querré, con ellos hicimos locuras como romper puestos, romper vidrios con la cabeza como olvidarlo y sobretodo fuimos detectives en el caso del mp3 que le robaron a Elizabeth, la niña de pelo tan claro como el destello más puro y tan brillante que la luz de una estrella no se compara con su capacidad mental, por otra parte estaba Santiago el apuesto, pero de bajita estatura no muy brillante, pero sabia cosas que prefiero guardar sólo en mi conciencia en el rincón más  oscuro y vacio. Los jean days parecían semanas de moda, y los actos religiosos del colegio como la cuaresma hacían del día el ambiente más lúgubre y reflexivo que se pueda imaginar. Confieso en grado décimo me abrí como libro al viento pues conocí personas tanto sexuales, como pasivas, conocí a todo tipo de personas desde el solo, hasta el más sociable, aquí forje amistades más profundas e innatas. Grado once, fue nuestro año nos tomábamos el colegio como nuestra casa, y en la clase de economía era sagrado hablar de los chismes que teníamos en remojo, mis amigos son para siempre, o bueno solo quedaran los que verdaderamente lo son. 

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