Muchos le llaman reclusorio,
otros pasan los mejores momentos de su vida ahí, algunos dicen que les robaron
los mejores 13 años de su vida como lo afirmaría The Sex Pistols en su canción Schools
are prisions. Pero todos sabemos que tuvimos que haber pasado por un colegio, y
que las experiencias allí vividas van más allá de simples clases o de
infatigables horas de juego.
Mi vida escolar empieza
oficialmente en el Jardín Infantil Garavaticos. Esta institución era algo
sencilla recuerdo que sus instalaciones estaban en el salón comunal de un
conjunto residencial, ubicado en el barrio el Tunal; el ambiente era cálido celebrábamos
cosas como Halloween, el día de los niños, y cuanta cosa apareciera en aquel ridículo
calendario gregoriano de Piolín. Mi madre y mi tía, la cual tenía 3 hijos
pequeños, dos niñas y un niño fueron mis compañeros de pre kínder. En sus
muchas historias contadas, existe el registro de mi rebeldía. Yo y mi primo, pasábamos
a la hora del lunch como quien dice a supervisar si los demás niños de mi clase
ya se habían comido sus meriendas, pero no lo hacíamos solo por mirar, lo hacíamos
para quitarles lo que no se comían. –Es imposible tenerlos juntos- dijo mi
profesora, mi mama al escuchar este llamado tuvo que separarme de mis primos ya
que veían algo de Daniel el travieso en
mi, nadie se atrevía a cuidarme cuando a mi mama tenía que trabajar, así que recurría
a mi tía para que cuidara de su pequeño, las recomendaciones claves para que me
cuidaran eran: “no lo deje solito”, “no le quite la vista de encima” y “por
favor que haga las tareas”. Dicen las malas lenguas que detrás de un rostro con
mirada tan azul como el cielo, y con rizos tan brillantes como el oro, se escondía
una bestia prepara para romper porcelanas, rasguñar los rostros de mis primas,
pisarles los delicados dedos de sus manos con la excusa: “no sabía que le dolía”.
Como todo niño fui creciendo hasta tener la edad adecuada para poder entrar a
grado pre escolar, allí conocí el olor del cigarrillo, mi profesora Patricia que
con voz como rugidos de dragón lideraba uno de los grupos del Colegio Inem
Santiago Pérez nos hablaba acerca de cómo hacer las vocales y lo importante que
era que aprendiéramos el himno de Bogotá, Colombia y el del colegio, recuerdo
mucho que yo era su consentido ponía esperanzas en mi y sabia que no era un
completo inútil al menos servía de mal ejemplo. Ella en el recreo fumaba
Mustang, acompañada de su homóloga Pilar, me gustaba abrazarla cuando hacia
esto su ropa quedaba totalmente impregnada de ese humo denso que salía de su
boca. Inagotables horas fueron las que pase en la arenera de ese colegio, con
nauseas recuerdo las giros que daba en la llamada rueda del colegio. Era sagrada
para nosotros tomar la siesta acostados en un tapete de letras acolchado,
duerme decían para nosotros eso era competencia de quien duraba más tiempo con
los ojos cerrados recuerdo aquel amigo de cabello negro del cual nunca aprendí su nombre pero que siempre estuvo ahí en
mis vivencias.
Yo tenía privilegios, podía acceder
al cuarto de los materiales un lugar que algunos consideraban la entrada a
Narnia, o donde la profesora guardaba tesoros como dulces, galletas y nuestros
apreciados colores marcados con nuestros nombres, también tenía el privilegio
de hacer lo que quisiera pues ya había manipulado con sonrisitas a Patricia, la
de piel morena, la de copete rojo, la que comía caramelos mientras calificaba
el arte que hacíamos.
Pasaba el tiempo y yo ya estaba listo para
entrar a primaria otro ciclo mas por emprender, pero yo no lo asumí también como
otro niño normal lo haría. El grado primero lo hice en el Colegio Marco Fidel
Suarez, ese fue el peor año escolar de mi vida, me volví tan caprichoso e
insoportable que mis papas pensaban que habían hecho mal, ese no fue mi año académico,
y mi actitud no era la mejor, recuerdo con una sonrisa caprichosa como tiraba
los cuadernos de primer grado a un gran charco que se formaba cuando llovía
como si se hubiese desbordado el cielo, como opción mis papas me cambiaron de
colegio y volví al Inem aquí una trol
daba la clase su nombre Teresa, cabello rojo, no muy alta, licenciada de
español; esta señora me hizo entrar en cordura a su manera con regaños y planas, lo peor que tuve que vivir con esta
señora fueron dos años seguidos de educación con ella 2 y 3. El uniforme de este colegio era un saco
azul petróleo, camisa tipo polo y un jean, obviamente no podían faltar los
pavis, mi salón era cómodo pintado de verde por fuera y adentro tenía un metro
para tomar nota de nuestro crecimiento, un tablero perfectamente blanco, un
armario de aluminio que guardaba los útiles que se supone íbamos a usar,
recuerdo que aprendía a levantar el bizcocho del baño porque Teresa se
cercioraba de que nosotros los hombre dejáramos limpio –no ve que hay se
sientan las niñas-gritaba la profesora. No sé porque pero a través de tantos
gritos, regaños, momentos de ira y la visita de Andrés (el que viene cada vez)
a mi profesora, formaron en mi un niño hecho para la lectura y las buenas notas
me había convertido en un verdadero buen ejemplo esta vez, en las izadas de
bandera siempre me llamaban para recibir el retazo de tela tricolor. Una
experiencia que nunca olvidare de mi paso por la primaria, fue el gran error
que cometí al participar del intercolegiado de fútbol que juego junto con Andrés
un hábil con el balón, buen amigo, y
compañero de grandes copias; Forero, el pinta, el alto, el inteligente, el
maduro y sobre todo habilidoso con el balón, yo jugaba en la posición del
portero. No me gusta el fútbol pues la goleada que sufrimos ese día fue tan
significativa en el marcador como en mi conciencia. Grado quinto fue el mejor momento académico de
mi vida pues durante todos los periodos ocupe el primer puesto en el cuadro de
honor, mis amigos eran buenos estudiantes pero yo tenía esa malicia para poder
llegar a las mentes de mis profesores y lucirme, además mi interés por cosas
que a otros niños no les interesaba como los animales, el calentamiento global
y la televisión hacia que yo tuviera una
ventaja sobre ellos. Mi profesora Pilar, la separada, la de la hija bonita que
llevaba a las clases, era excelente persona y profesora, muy pocas como ellas
se entregaban a los estudiantes de la manera como ella lo hacia.
No me gusta hablar de mis
experiencias de grado sexto y séptimo, la verdad fue una época que considero
importante pero que no súper valorar en su momento, forje amistades
trascendentales a las que tuve que decir adiós la verdad estaba muy
acostumbrado a ellos sus gestos, nuestros duelos de Yu Gi Oh eran sagrados cada
descanso rara vez ganaba pero como amaba compartir tiempo con Danilo, el músico
que con su voz toco más de un corazón, Santiago, mi mejor amigo el que me
escuchaba y me entendía a como diera lugar el me consideraba su hermano juntos
afrontamos la muerte de su abuela y las peleas constantes son su madre. Digo
que no los valore porque solo iba por lo superficial y no por lo que ellos eran
realmente. Pero la vida da vueltas como desorbitada, al llegar al Liceo Santa Verónica,
conocí al dúo inigualable, Elizabeth y Santiago, este colegio es muy azul en su
uniforme y muy gris en su educación. Aprendí, si, lo necesario tal vez, mis
recuerdos se pueden resumir en tres etapas. La primera la acogida en la que conocía
a mis amigos inseparables y eternos los quiero y los querré, con ellos hicimos
locuras como romper puestos, romper vidrios con la cabeza como olvidarlo y
sobretodo fuimos detectives en el caso del mp3 que le robaron a Elizabeth, la
niña de pelo tan claro como el destello más puro y tan brillante que la luz de
una estrella no se compara con su capacidad mental, por otra parte estaba
Santiago el apuesto, pero de bajita estatura no muy brillante, pero sabia cosas
que prefiero guardar sólo en mi conciencia en el rincón más oscuro y vacio. Los jean days parecían semanas
de moda, y los actos religiosos del colegio como la cuaresma hacían del día el
ambiente más lúgubre y reflexivo que se pueda imaginar. Confieso en grado décimo me abrí como libro al viento pues conocí personas tanto sexuales, como
pasivas, conocí a todo tipo de personas desde el solo, hasta el más sociable, aquí
forje amistades más profundas e innatas. Grado once, fue nuestro año nos tomábamos
el colegio como nuestra casa, y en la clase de economía era sagrado hablar de
los chismes que teníamos en remojo, mis amigos son para siempre, o bueno solo
quedaran los que verdaderamente lo son.